EL ANCIANO:
Quité su sombrero, levanté su rostro y la besé. Fue entonces cuando me di cuenta de lo mojada que estaba. Tenía que haber estado muchas horas caminando por las calles bajo la lluvia. […]
Su canción hizo que creciera en mí la idea de que por algo especial y sobrenatural me había sido enviada aquella compañía. Llené de nuevo su vaso, rodeé con mi mano su cuello blanco y rocé sus bucles húmedos. “¿Cómo te has mojado tanto, Nathalie?”, dije como si fuera yo su abuela. “Debes de quitarte la ropa y calentarte”. Cuando dije éstas últimas palabras mi voz cambió. De nuevo comencé a reír. Ella fijó en mí sus ojos brillante como estrellas.
Comenzó a desabotonarse la capa, dejándola caer al suelo. […] Comencé a desvestirla como hubiera desvestido a una muñeca, muy despacio y torpemente. […] Cuando contemplé el busto de la joven me pareció ver ante mí la obra mejor acabada de cuantas mis ojos habían tenido el privilegio de conocer.[…] Su busto brillaba con la luz, suavizado delicadamente, como de mármol. Una línea recta subía desde los tobillos hasta el cuello como el tronco derecho, lleno de vida y de savia, de un árbol joven. […]
Una hora o dos más tarde me desperté con la sensación de que algo no iba bien, que algo corría peligro. […] era desconfianza en el futuro, como si oyera esta reflexión: “Tengo que pagar esto. Pero, ¿con qué voy a pagar?”. Me pareció que lo que más me preocupaba era el temor de que marchara. […]
Se envolvió en su disfraz negro y se dispuso a alejarse de mi presencia. Se puso su sombrero y la vi ante mí, inmóvil, de la misma manera que cuando se me acercó por primera vez en la Avenida bajo la lluvia. Dio unos pasos hacia el sillón donde yo estaba sentado y me habló con serenidad:
- ¿Me darías veinte francos?
[…]
Fue éste el primer momento, creo, desde que me encontré con ella unas horas antes, en que la vi como un ser humano, no como un regalo para mí. Pero era ya era demasiado tarde. […] Yo fui el que pregunté: “¿Qué tengo que pagar por esto?”, y la diosa contestó: “Veinte francos”. Con ella no se puede regatear.
Karen Blixen, Siete cuentos góticos: El anciano.
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